miércoles, 12 de abril de 2017

10 ideas para escribir cuentos para niños / 1



Hubo una época en la que los cuentos eran crueles y tenían, principalmente, la intención de aleccionar a los niños condensando una serie de comportamientos ejemplares en la consabida moraleja. Quien dice aleccionar… dice reprimir, asustar, o adaptarse a una serie de normas sociales que hoy en día, probablemente, nos llamarían la atención. Seamos sinceros: escribir cuentos infantiles es más complejo que escribir para adultos; por eso, te vamos a dar algunas 10 ideas sobre cómo escribir para niños.


1- Piensa como ellos.

La mente de los niños aún no está desarrollada, obviamente, y hay muchas cosas de su entorno que tardarán años en comprender. Para buscar una solución a aquello a lo que no saben explicar, recurren a la imaginación y a la fantasía. Sin darse cuenta, son más creativos que lógicos. Así que si vas a escribir un libro infantil, lo mejor que puedes hacer en estos casos es tratar de recordar cómo percibías las cosas en tu niñez. Hazte algunas preguntas, a modo de ejercicio de introspección, para extrapolar los resultados a tu manuscrito: 

¿Eras capaz de explicártelo todo? 

¿Cómo contarías una película o un cuento en tu niñez y cómo lo contarías ahora? En ambos casos, ¿te entretendrías en detalles insignificantes para el desarrollo del argumento?

2- Plantéate el tipo de historia que te hubiese gustado leer —o escuchar— de pequeño.

No nos referimos a un relato ya existente, sino a qué elementos te hubiera gustado que aparecieran y cuáles habrías desechado. ¿Serían los mismos que incluirías o rechazarías hoy?

3- Educar y divertir… ¿siempre?

Quien haya criado niños sabrá lo que cuesta inculcarles valores que a nosotros nos parecen normales: higiene, compañerismo/empatía, autoestima, hábitos alimenticios, etc. Una forma de hacerlo es recurrir a la ficción, a un tipo de ficción dirigida a lo que ellos son capaces de comprender.
Hoy casi nadie se arriesga a escribir una historia para niños que no parta de una premisa educativa. No solo se utiliza el libro como una herramienta para entretener, sino para educar en valores. De esto sabía Michael Ende, autor de libros como La historia interminable o Momo, que, si las leemos entre líneas, prácticamente son tratados de moral en forma de historias para niños —y no tan niños—.

«¿Entonces, es necesario que yo también eduque en valores si quiero escribir literatura infantil?» En realidad, no. Es cierto que es conveniente, pero no pasa nada por que tu intención sea simplemente la de entretener. Seguro que en tu infancia has leído tebeos —como los de Mortadelo y Filemón, por ejemplo— que no te aportaban nada, más allá de hacerte pasar un buen rato y olvidarte de los problemas.




4- ¿Quieres que predomine una idea? Déjaselo claro.

Los niños no tienen la misma capacidad de abstracción que tiene un adulto, ni la misma capacidad de síntesis. Por tanto, no pueden leer entre líneas. Así que si tu libro pretende transmitirles unos valores, es conveniente que se los repitas de vez en cuando —no necesariamente con las mismas palabras, o pensarán que eres un pesado—.

5- Ilustraciones.

Es cierto que los niños tienen mucha imaginación, pero incluir algún dibujo de vez en cuando les puede servir como apoyo para comprender mejor tu relato. Además, un libro con dibujos siempre llamará más la atención de un niño que uno sin dibujos. ¿Recuerdas algún libro de tu niñez que te llamara la atención por sus ilustraciones? Seguro que sí.
Bien pensado, no somos tan distintos de los peques de la casa. Los  textos con ilustraciones siempre son más llamativos. Fíjate en los periódicos, si no: ¿acaso no acompañan buena parte de las noticias con fotos? Y lo mismo sucede con las redes sociales… ¡Casi ningún post se basa únicamente en un mensaje escrito! Nos han invadido los memes.

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6- Acción sobre reflexión.

Normalmente, un niño es una bomba de energía. No para quieto, salta corre, baila… y es normal que quiera ver ese comportamiento reflejado en los personajes de un libro, sobre todo si estos también son niños. Cuanto más pequeño sea tu público, más acción necesitará en los textos y menos reflexión. No quieras escribir un libro para niños basado en la pura introspección, porque, probablemente, no lo entenderán. Para ellos, los personajes piensan, no se pasan todo el libro reflexionando.

 ¡Estás escribiendo libros para chiquillos, no para don José María Pemán!

7- Enfoca tu público: ¿a partir de qué edad se puede leer tu libro?

No hace falta ser Einstein para saber que, según la edad, van cambiando sus intereses. El que tiene 7 años encontrará complicado un libro para alguien de 12, y el de 12 encontrará aburrido y simple uno para un niño de 7. Piensa que el de 12, en un par de años, probablemente estará pensando en… motos y ligoteo, por ejemplo, y si quiere leer, preferirá la literatura juvenil. Por lo que, si le ofreces un libro tipo Teo va al dentista, no te sorprendas si «te lo tira a la cara». Por tanto, los temas y las forma de narrar han de ser distintas, según la edad que tengan tus pequeños lectores.





8- No les trates como si fueran tontos.

Los niños hacen gamberradas, travesuras, trastadas, cuentan chistes, sueltan quijotadas —incluso los que se portan bien— y esto también lo puedes reflejar en tus personajes. Si diseñas personajes aburridos, que no tengan ni una pizca de gracia, no estarás contribuyendo, precisamente, a que de mayor valoren la literatura, y les parecerá un tostón. Un diseño de personajes bien definidos se puede ver muy bien, por ejemplo, en la creación de Elisabetta Dami: Gerónimo Stilton, una serie de libros que lleva años encandilando a los lectores más pequeños de la casa.


9- Usa un vocabulario que puedan entender.

Está muy bien que, como escritor, hagas gala de tu riqueza léxica y de la variedad de giros y expresiones que sabes usar en el momento oportuno. Pero adecúalo a un tipo de lector que aún no conoce ni una tercera parte de ese vocabulario que atesoras. Por ejemplo, Gloria Fuertes era una gran poetisa y podía haberlo hecho, pero eligió volcarse en los niños y escribir para ellos, para que aprendieran a amar las historias sencillas, escritas con un lenguaje que los niños de entonces podíamos comprender.

10-  ¿Qué tal si escribes una fábula?

¡Animales que hablan y se comportan como seres humanos! ¿Hay algo que atraiga más a un niño? Las bestias de características antropomórficas, como el lobo de Caperucita o Los músicos de Bremen, les llaman la atención porque les permite fantasear con una hipótesis que no encuentran en el mundo real. Y eso ayuda a disparar su imaginación.
En la Grecia clásica, el maestro de la fábula por excelencia, Esopo, era capaz de atraer la atención de grandes y chicos simplemente con sus brevísimos relatos, protagonizados por animales y algún que otro humano. Algunas de sus moralejas se mantienen frescas, como la de La zorra y las uvas —«bah, están verdes»— pese a que ya ha cumplido bastante más de dos milenios. ¿Qué tal si te animas a emularlo? 

Sea como fuere, las historias para niños han dejado de ser un territorio gobernado por los cuentos, como los recopilados por los hermanos Grimm o Charles Perrault. Estos, aunque siempre se nos han vendido como literatura infantil, no siempre lo eran. Si no nos crees, ¿qué nos dices de cuentos como Barb Azul, cuya esposa descubre el macabro gabinete donde el protagonista escondía los cadáveres putrefactos de sus anteriores mujeres? Como dato curioso, en los años 80 aún aparecía este relato en discos de cuentos para niños (damos fe).  


                                                                                                             Por:  
@NLutefisk


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