martes, 18 de abril de 2017

12 cosas que has de saber para escribir fábulas





En la antigua Grecia, escribir fábulas era una forma de introducir a los escritores en la narrativa. Con ellas, desarrollaban la capacidad de imaginar e inventar, a la vez que aprendían a enseñar valores de forma ilustrativa.
Estas fábulas podían usarse de distintas formas; no solo como puro entretenimiento. Por ejemplo, podían parte de un discurso políticos, de arengas militares… 
Si quieres cultivar la fábula, te enseñamos algunos de sus entresijos.


1. Brevedad. Es raro que una fábula pase de las 12 páginas. Naturalmente, no hay ninguna ley que te impida hacer un relato mucho más extenso. Tradición no es lo mismo que norma.

2. Suelen estar protagonizadas por animales con cualidades humanas, como hablar, razonar… e incluso gobernar. También es posible que interactúen con seres humanos.

3. Las alegorías —ideas, virtudes o vicios abstractos— también pueden protagonizar una fábula: la ira, la envidia, la paz, etc., que se suelen representar con características antropomórficas; es decir, como si realmente fuesen capaces de pensar e interactuar entre ellas, como lo haría un ser humano. 

4. Uno de los personajes, tras enfrentarse a algún tipo de problema en el que pone en peligro su integridad, aprende una lección. En el post sobre los tipos de conflictos narrativos hablamos sobre los posibles tipos de obstáculos que un protagonista debe salvar. 




5. No siempre tienen finales felices. De hecho, alguno de los personajes acaba muriendo por culpa de sus vicios: egoísmo, envidia, pusilanimidad…

6. Tienen un fuerte carácter edificante, normalmente resumido en una moraleja final. Por ejemplo, las fábulas de Félix María de Samaniego están pensadas para educar a niños y adolescentes. 

7. No siempre van dirigidas a los niños. Edificantes, sí, como hemos afirmado antes, pero no siempre infantiles. Por ejemplo, las moralejas de algunas fábulas del infante Don Juan Manual no están pensadas para que las entiendan niños pequeños. Muchas de ellas contienen pequeñas «píldoras» de sabiduría que pueden dan lugar a planteamientos éticos e intelectuales a los que no siempre es fácil dar respuesta.

8. Son atemporales. Buena parte de las fábulas que conocemos no ocurren ni en un lugar determinado ni en una época concreta. Sin embargo, siempre hay excepciones, como en los entrañables Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, ambientados en la argentina selva de Misiones, entre finales del siglo XIX y principios del XX.




9. En un momento dado, se da un cambio drástico en la forma de pensar de los personajes. Esto suele suceder después de que haya tenido que enfrentarse a un gran problema, a algún reto que haya dado un vuelco a su sistema de valores. A veces, este giro en la forma de pensar se da justo antes de que muera, cuando ya no hay remedio.

10. Se pueden escribir en verso. Por ejemplo, los relatos del sabio persa Rumi son, en realidad, poemas. Aunque el ejemplo más claro de fábula en verso lo tenemos, en castellano, en Félix María de Samaniego. ¿Te suena de algo el famoso cuento de La lechera, quien, mientras iba pensando en su futuro, a partir de la venta del cántaro de leche que portaba, tropezó y rompió dicho cántaro? Pues originalmente fue concebido como un poema.

11. No tienen por qué seguir una estructura lineal en su argumento. Como muestra de ello, citaremos una antiquísima obra atribuida al autor hindú Báidabâ: El libro de Calila y Dimna, una milenaria compilación de relatos que se van abriendo para incluir pequeños relatos, que a su vez albergan otros relatos en su interior… Para entendernos, El libro de Calila y Dimna es una especie de juego de matrioskas rusas, que se abren y cierran progresivamente conforme avanzamos en su lectura. En literatura, esta forma de narrar historias se conoce como «estructura de cañamazo».

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12. Muchas contienen un espíritu idealista. Por ejemplo, en Lafontaine, la tortuga vence a la liebre, lo que se puede entender como que el débil es capaz de prevalecer sobre el fuerte. En la esópica fábula de la cigarra y la hormiga, la hormiga ve recompensado su trabajo y su esfuerzo; no se cuestiona que algo pueda cambiar. 
Si crees que estos ejemplos no pecan de ser demasiado idealistas, prueba a extrapolarlos a la vida real. ¿Es el lento, o el más débil, el que siempre vence? ¿Todo esfuerzo se ve recompensado o asegura un futuro cómodo —o, al menos, promete que tengamos las necesidades básicas cubiertas? Ojalá, ¿verdad? 





Si quieres saber más, te recomendamos leer a fabulistas como Esopo —siglo IV a. C.—, cuyos relatos han llegado intactos hasta nosotros. No está claro que muchos sean realmente suyos, aunque sí parecen escritos en el mismo estilo. Poco se sabe de él, aparte de que fue esclavo y murió ajusticiado de forma violenta, lanzado a un abismo. 

Al hablar de fábulas, también se suele citar a Rumi, poeta medieval de origen Persa y cuyas historias han sido recogidas y transmitidas especialmente por la tradición musulmana.

Sin embargo, nos resultarán más cercanos, al menos en cuanto a cronología, autores como Jean De La Fontaine o Félix María de Samaniego. Seguro que has leído o estudiado algo de sus obras.

¿Conoces más autores? ¿Hay alguna fábula que te llame la atención y quieres compartirla? Cuéntanoslo en los comentarios.


                                                                                                                   Por:  @NLutefisk


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