jueves, 9 de marzo de 2017

7 fórmulas para usar el humor en tus novelas




Quizá al leer el título de este post te hayas preguntado por qué deberías usar este recurso, sobre todo si la novela que estás escribiendo es más bien seria. Piensa que, con un poco de humor, es más fácil que el lector se identifique con los personajes, que mantenga mejor la atención y que, en definitiva, mantenga el interés en tu historia. Parece fácil, ¿verdad? Pues quizás no lo sea tanto como tú te crees, porque nadie dijo que usar el humor en una narración fuera fácil. maneras de hacerlo hay muchas, pero elaboradas y efectivas no tantas. Hoy te traemos 7 fórmulas para usar el humor en tus novelas.



1. Busca la comicidad


¿Qué tipo de humor quieres manejar? El chiste fácil no es lo mismo que el humor absurdo. Crear humor absurdo y, sobre todo, «dejarlo caer» en el momento indicado requiere más esfuerzo del que parece a simple vista. Por ejemplo, cuando estamos recreando situaciones en las que la tensión va en aumento, no viene mal «espolvorear» un poco de humor absurdo. De lo contrario, demasiada seriedad en un pasaje puede provocar un efecto cómico que, como autor, quizás no esperabas. Dicho de otro modo, despierta la comicidad conscientemente antes de que la tensión narrativa sea demasiado exagerada.  

Una situación seria, en la que no haya ni una pizca —ni la más mínima— de comicidad, puede dar al traste incluso con la mejor estructurada de las tramas. Un poco de sutil ironía, una pequeña dosis de sarcasmo en el momento justo... obran milagros.

No quieras mantener un tono grave todo el tiempo, resulta artificioso. Y esta artificiosidad se ve muy bien, por ejemplo, en las telenovelas, en los culebrones… ¿Acaso nunca has visto a esos actores sobreactuados hablando de traiciones, despecho, infidelidad… mientras tratan de parecer serios? Seguro que recuerdas diálogos de este estilo:

—Aaaay, yo ya no le quiero aquí. Sé que mi marido me puso los cuernos con usted. Ya no es más mi amiga. Usted traicionó mi confianza y la amistad que yo le tenía. Lárguese de mi casa, maldita bruja embaucadora. 
—No, no me puede echar de esta casa, porque esta hacienda la compró mi abuela y yo soy la legítima propietaria.
—Pues entonces me largaré yo. Pero tenga cuidado, no sea que un día tenga un accidente.





¿Cuál ha sido tu primera reacción al leer el diálogo? ¿Has permanecido serio mientras estabas leyendo estás líneas? No, ¿verdad? Esta escena, que parece tan delirante, en realidad es trágica. El tono intenta ser grave, pero está manejada con tanta torpeza que el conjunto no resulta creíble, no es natural. Y por consiguiente, lo trágico se diluye, el diálogo se vuelve cómico sin pretenderlo.

Pues con las novelas sucede lo mismo: un personaje falto de naturalidad, que se mantiene serio desde la primera hasta la última página, no resulta creíble. Y si, además, el resto de personajes están cortados con el mismo patrón —serios hasta lo surrealista— lo que trataba de ser una novela de acción, intriga, ciencia ficción, etc. será una cadena de chistes involuntarios. 




2. Márcate un objetivo: ¿a quién quieres hacer reír?

Si es a un público muy joven, lo normal es que optes por un humor muy blanco, con pocas concesiones a lo complejo, a lo oscuro, al sarcasmo… Lógicamente, si lo que buscas es un público más talludito, el humor blanco difícilmente va a surtir efecto; por lo que necesitarás mayor agilidad para manejar los dobles sentidos, la ironía, la sátira, el humor absurdo y, en general, todo aquello que un adulto pueda percibir como risible. En cualquier caso, esta no es una regla categórica, ya que el bagaje cultural del lector, tenga la edad que tenga, va a influir notablemente en la actitud que adopte ante tu novela. 


Recuerda que no todos tenemos el mismo sentido del humor. Por ejemplo, no todo al mundo le gusta el humor inglés... más allá de los Monty Python.





3. Convierte los conflictos narrativos en conflictos cómicos


Aprovecha la esencia de las anécdotas. ¿Nunca te has visto en un apuro tan surrealista que crees estar viviendo, por unos momentos, un chiste o una broma? El más tonto de los aprietos puede servirte para desencadenar un conflicto narrativo de dimensiones épicas. Cómo lo desarrolles dependerá de tu habilidad como narrador. Un conflicto exagerado, ridículo, esperpéntico… será un gancho inigualable para buscar la simpatía del lector. Aprovéchalo.

4.  Usa lectores beta 

Es cierto que no a todos nos gusta el mismo tipo de humor, pero recurrir a unos cuantos lectores de prueba te ayudará a medir el nivel de comicidad. ¿Se han reído en las partes que tú considerabas cómicas? Si no has conseguido el efecto que esperabas, quizás debas plantearte reescribirlas o calcular qué tipo de lector puede apreciar tu sentido de la comicidad.


5. Piensa en cómo quieres utilizar el humor


Reflexiona: ¿es el humor lo que define a tu novela o simplemente lo quieres usar como algo anexo, como un punto de apoyo para hacerla más digerible? En unas el humor es un personaje más; en otras, solo está para dar un poco de sal a la trama. ¿Cuál de estas alternativas se adapta mejor a lo que estás escribiendo?


6. La acción suele ser más efectiva que la descripción


Explicar con todo lujo de detalles una situación cómica quizás no sea la mejor opción para despertar la simpatía de los lectores. Transmite esa comicidad mediante los personajes, mediante sus comportamientos, sus acciones… y ve soltando pequeñas pinceladas de humor, de guiños, de toques simpáticos aquí y allá que vayan configurando ese pasaje cómico que tratas de conformar. 

Si con las novelas de terror es mejor ir generando gradualmente cierta tensión incómoda para el lector y si con las eróticas vas seduciendo sutilmente, con un pasaje humorístico sucede lo mismo. No expliques todo de buenas a primeras, deja que intuyan lo anecdótico pero sin resultar previsible.    

¿Acaso un chiste no pierde la gracia si lo explicas? Pues aquí igual.




7. El punch line


Para entendernos, el punch line es la coletilla que puede dar la vuelta a una situación,el breve giro que lo pone todo patas arriba y que puede venir bien para definir a más de un personaje. En muchas ocasiones, es la guinda perfecta. Te ponemos unos ejemplos —marcados en negrita un tanto absurdos, pero esclarecedores: 


a) (Al entrar en casa de un amigo) Espera, creo que llevo una mierda pegada a la suela. Ah, no… es tu casa lo que estoy pisando.


b) Yo nunca te apuñalaría por la espalda. Eres mi mejor amigo. Por eso prefiero apuñalarte de frente.


c) Tienes una moto genial… mente hecha un asco.


d) Me gusta llevar estas camisetas tan ajustadas… hasta que dejo de… ¡respirar!



 ¿Cuál de estas fórmulas te parece más indicada?, ¿te atreves a poner alguna en práctica? Coméntanoslo.

Por:  @NLutefisk

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