martes, 3 de enero de 2017

Simbología en literatura: cómo usarla


Con la simbología tratamos de adivinar, en un elemento, un significado más profundo que el que percibimos a primera vista. Por ejemplo, una cueva no es solo una cueva si la identificamos con la oscuridad absoluta, la ceguera, el miedo, la ignorancia, la muerte… o, por el contrario, con la invitación a explorar y a desafiar lo desconocido, o con la aventura, la valentía, etc. Todo va a depender de los atributos que queramos darle y del papel que queremos que juegue dentro de nuestra obra. Así que te planteamos 3 cuestiones fundamentales sobre la simbología en la literatura

1- ¿Para qué sirve la simbología?


Aparte de permitirnos leer entre líneas y revelarnos si somos unos lectores avispados o no, lo cierto es que puede tener varias funciones. Una de ellas, quizás la principal, es representar o actuar como testigo en la evolución de un personaje y los acontecimientos de una historia. Por ejemplo, el puente, en una historia épica, puede simbolizar el paso de una forma de pensar y de sentir o la superación de las dificultades (el río o el abismo sobre el que está tendido).


Hay novelas que son simbología pura. Un ejemplo muy conocido lo tenemos en El alquimista, de Paulo Coelho, obra tan aclamada como denostada, donde el viaje, la caravana, la fabricación del cristal, y hasta el mismo protagonista representan, sobre todo, etapas del ser humano y la búsqueda continua del conocimiento.




2- ¿Cuáles son los símbolos más recurrentes?


No te preocupes, no te vamos a hablar del corazón para representar el amor o la paloma para representar la paz, símbolos que conocemos desde que prácticamente empezamos a tener uso de razón. Aun así, los que vamos a explicar son muy obvios.


El puente: ya nos hemos referido antes a él. Desde tiempos inmemoriales se usa este objeto para indicar que un personaje pasa de un estado a otro, o que va a experimentar un cambio de vida. Por ejemplo, de la paz a la guerra o viceversa.


El espejo: refleja la parte que nosotros no solemos ver de nosotros mismos. Y a la vez el reflejo del mundo que nos rodea, así como dimensiones nuevas de nuestra personalidad y de nuestro entorno.


La noche: resaltamos concretamente la oscuridad, ideal para simbolizar el misterio, lo que permanece oculto a los ojos… pero también la serenidad. Además como trasfondo es inigualable para enmarcar escenas eróticas. 




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El río: en muchas ocasiones representa la vida. Ya lo dejaba claro Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir». Pero también puede sugerir dificultades cuando se trata de atravesarlo o de ir contracorriente. 


La llave: su simbología es parecida a la del puente, porque tiene un carácter dual. Es un símbolo muy poderoso, ya que puede indicar que pasamos de un estado conciencia a otro, y a la vez es la herramienta de la libertad, pero también la del cautiverio. También puede anunciar sorpresas, revelación de lo oculto…


El anillo: ¿hay alguien en la sala que no sepa que un anillo simboliza el compromiso, la fidelidad…? ¡Cuidado! También puede verse como un signo de esclavitud y de sumisión. Los símbolos no son tan neutros como parecen a primera vista.  


La máscara: es algo tan obvio que, quizás, más allá de la idea de mantener el anonimato, ya debería dejar de usarse para simbolizar la doble (o múltiple) personalidad.


El bosque: es el laberinto natural por excelencia. Puede simbolizar la confusión, el caos mental, la necesidad de salir a una situación donde predomine la claridad y lo diáfano… Si alguna vez habéis tenido la mala fortuna de perderos en un bosque, sin GPS ni brújula, y dar vueltas porque todos los árboles os parecían iguales —especialmente después de haber nevado— entenderéis perfectamente la idea de identificar el bosque con el laberinto.  


El Sol: la luz, la felicidad, la alegría de vivir…






La Luna: la seducción, la tranquilidad, la belleza, la melancolía… Comparte estos rasgos con otro símbolo recurrente: la lluvia.


El viento: a menudo tiene más connotaciones negativas que positivas. En la literatura clásica se ha usado mucho como símbolo de mal augurio, ya que provoca temporales y tempestades en alta mar —a no ser que estemos hablando del «viento a favor», naturalmente—. Además, el viento puede repercutir en el ánimo de las personas (personajes, en este caso).


El camino: una metáfora más de la vida y del destino. Ni que decir tiene que un cruce de caminos representa la posibilidad de elegir entre varios destinos.



A decir verdad, todos estos elementos pueden simbolizar varias cosas, dependiendo del carácter de la obra en la que aparezcan. Pero aquí les hemos atribuido los rasgos que se suelen identificar con ellos con más frecuencia.


 Estos probablemente se seguirán usando mientras exista la ficción. En cualquier caso, un símbolo debería ser original y exclusivo de tu obra. Por eso es importante que crees los tuyos. Sin ir más lejos, Scott Fitzgerald creó uno bastante peculiar en El gran Gatsby: se trata de una valla publicitaria en la que aparecen dos ojos gigantescos tras unas gafas (el oftalmólogo T. J. Eckleburg) y que simbolizan el ojo que todo lo ve, el ojo de Dios, que dirige una mirada moralista sobre un lugar llamado El valle de las cenizas, que no es sino otro símbolo de la American way of life en decadencia, que se refleja en El gran Gatsby.
 





3- ¿Cuántos tipos de símbolos hay?

Para no extendernos demasiado en las explicaciones, diremos que en narrativa podemos encontrar, principalmente, dos:


Explícito: el narrador o uno de los personajes comenta algunas características que atribuye a un determinado objeto y le da un valor muy personal. Por ejemplo, imaginemos que el protagonista de una novela se acerca a oler el aroma de un plato que le retrotrae a su infancia, y eso le hace sentirse feliz. Es explícito tanto sí lo piensa para sí mismo como si lo comenta con el resto de personajes, ya que de igual modo el mensaje va a llegar al lector. Para el resto de la historia, cada vez que vuelva a aparecer ese aroma el lector lo identificará con la felicidad añorada por el protagonista.


Implícito: el lector ha de poner de su parte para adivinar qué propiedades del objeto pueden tener un significado en la vida de uno o más personajes. Vamos a ilustrarlo con un libro de la Biblia: el Génesis. ¿A nadie se le ha ocurrido pensar que, quizás, la famosa manzana que Adán y Eva no podían probar se trataba en realidad del sexo? No te preocupes si nunca lo has visto de esa manera. La simbología se caracteriza precisamente por prestarse a interpretaciones, por tener una naturaleza bastante subjetiva.



¿Y tú... has usado símbolos en tus libros alguna vez? ¿Los han sabido interpretar tus lectores? 

 Cuéntanoslo en los comentarios.



Por:  @NLutefisk

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