martes, 15 de noviembre de 2016

Guía imprescindible de Best-sellers de vampiros



Best-sellers de vampiros

Hoy volvemos a invitarte a que reflexiones sobre personajes, pero esta vez se trata de unos muy concretos, los vampiros, cuya popularidad les ha llevado a poseer un género literario propio. ¿Te dedicas a este tipo de novela? Pues atento al breve repaso de autores y personajes que vamos a hacer en este artículo. En él te mostraremos los cambios que ha ido sufriendo la figura del nosferatu.
 



J. S. Le Fanu: Carmilla

«¿Qué? ¿Pero no es Bram Stoker el primero que escribe sobre vampiros?», preguntará alguno. Pues no. A decir verdad, las historias de vampiros se pierden en el amanecer de los tiempos y fueron muchos los autores que escribieron acerca de este tipo de ser fantástico —quizás, algunos de ellos inspirados en casos reales de porfiria, un tipo de enfermedad normalemente congénita—. Así que aquellos elementos recogidos del folklore popular, y transmitidos de forma oral, fueron tomando cuerpo con el paso de los años, y cada escritor añadía rasgos nuevos.

Pero parece ser que es el irlandés Le Fanu quien realmente asienta los cimientos de las novelas de vampiros actuales. Ya había escrito sobre este tema en Spalatro, pero si hay una novela que le haya dado popularidad a la figura del vampiro y le haya puesto cara, ésa es Carmilla, historia que incluso ha sido llevada al cine en varias ocasiones.


Le Fanu ya nos habla de la inmortalidad de un monstruo que duerme en un ataúd, que posee una fuerza sobrehumana —algo más propio de los X-Men o de David, el gnomo— y que ataca y «contagia» a sus víctimas como si transmitiera la rabia o cualquier otra enfermedad animal… para alimentarse de su sangre. Para colmo, muerde en el cuello, zona erógena y sensible por excelencia, lo cual reviste el ataque de cierta voluptuosidad, como si se tratara de un chupetón adolescente «a lo bestia». También avanza otros elementos que veremos en Drácula: víctimas sonámbulas, huida de la vida diurna, mezcla de lo onírico y lo real, poder de seducción… porque no olvidemos que el vampiro siempre tratará de chupar la sangre de la persona… ¿amada? Aunque, entre tanto, necesitará mordisquear otros cuellos —a modo de aperitivo— para no morir de inanición.

En el caso de Carmilla, las víctimas son chicas muy jóvenes, con las que la vampiresa trata de mantener, previamente, una amistad muy íntima. Podemos leer entre líneas que mantiene o trata de mantener relaciones lésbicas con ellas, aunque es algo que el autor sugiere de forma ciertamente velada, dados los convencionalismos de la época (1872).







Abraham Stoker: Drácula

 Bram Stoker, también irlandés, volvió a poner de moda la ficción vampírica con el chupasangres más famoso de todos los tiempos. Drácula es decadente, inmortal —como Carmilla— y «ajofóbico», cualidades que no le han hecho perder ni un ápice de frescura desde que esta novela fuera editada hace más de un siglo.

¿Cuál fue la clave de su éxito?

Intentemos pensar como un lector de finales del siglo XIX. La novela gótica ya había pasado de moda y las historias de terror no eran algo nuevo; además, la mayoría trataban sobre fantasmas, castillos encantados… no parecía que hubiese mucha variedad. Y de repente, el matemático Stoker, lejos de ver en aquel género un filón agotado, indagó un poco más en esas historias y descubrió un personaje histórico del que otros autores ya habían escrito, aunque quizás con menos fortuna: el tiránico aristócrata Vlad Dracul o Vlad Tepes, para los «amigos».

Y concibió la madre de todas las ideas, la que trastocaría el terror en la ficción del siglo XX: convertir en un vampiro a aquel señor feudal, célebre por cruentas costumbres como «adornar» las salas de su castillo con cadáveres de enemigos, empalados como pollos a l’ast (espero no encontrarme con esta moda la próxima vez que abra una revista de decoración). 



¡Ñam!

Y por si fuera poco, este monstruo también podía invocar o transformarse en distintos animales. ¿Qué más se le podía pedir? Si hasta tenía su némesis: Van Helsing, el famoso doctor en ciencias ocultas, ciertamente inspirado en un personaje similar de Carmilla.

Pero si este vampiro era espectacular, también lo era su forma de morir. En teoría, sólo podía hacerlo de una forma: siendo atravesado con una estaca —con la posterior decapitación del cadáver— un guiño sádico al auténtico Tepes, elementos que también podemos ver en la novela de la vampiresa anteriormente citada.

«Y también podía morir con la luz del sol», añadirá alguno. No queda del todo claro si era completamente fotofóbico o si atacaba de noche porque le resultaba más fácil pasar inadvertido. Y es que mordisquear yugulares a plena luz del día, a vista de todos —cuando la víctima sale del estanco o cuando va comprar el pan, por ejemplo— es un poco osado.

En cualquier caso, uno de los mayores logros de esta novela es el realismo que transmite la narración. Esto hace que las escenas se sucedan como si estuviésemos viendo una película y que podamos identificarnos con algunos de los personajes.







Ann Rice: Crónicas vampíricas

Avanzamos en el tiempo y nos detenemos casi un siglo después. Los gustos del lector han cambiado. El Empalador ha saltado al cine millones de veces y por el camino se le han unido hombres-lobo, monstruos victorianos, mayordomos jorobados… Y se ha parodiado y abusado tanto de esta imagen que ya ni siquiera asusta a los niños. De hecho, un sucedáneo de gomaespuma aparecía en un programa infantil (uno, un rayo…, dos…, dos rayos, tres rayos… ¡Ja, ja, ja, ja, ja!).

Es entonces cuando Rice decide deshacerse de los clichés del género, así que crea un vampiro que sigue siendo temible, pero a diferencia del Empalador de los Cárpatos, éste es más guapo y vanidoso. Hablamos del francés Lestat de Lincourt, el protagonista de muchas de las historias de la serie Crónicas vampíricas. Rice incide en la faceta del vampiro-seductor más que en la del vampiro-monstruo. Crea, en otras palabras, una especie vampiro metrosexual, aunque también lo dota de sentimientos, lo «humaniza»; así, vemos que Lestat no es siempre coherente, que trata de mantener unos principios que no siempre sigue, que tiene sus momentos de flaqueza... Pero esta humanización se diluye cuando Rice incide en los poderes sobrenaturales propios del vampiro. 









Stephenie Meyer: saga Crepúsculo

Dejando aparte que esta saga cuenta con tantos seguidores como detractores, nos planteamos qué ha aportado esta serie de novelas a la imaginería vampírica y, sobre todo, a qué se debe el éxito de los Cullen y compañía.

Hemos avanzado un poco más en el tiempo y los licántropos y los vampiros feos ya no venden, así que si Lestat era el prototipo de vampiro guapo y sofisticado, Meyer recrea al prototipo de vampiro adolescente en una especie de versión «revisada y hormonada» de Romeo y Julieta o West Side Story (Shakespeare y Arthur Laurents me perdonen). Está claro a qué tipo de lector van dirigidas, aparentemente, sus novelas. 


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Poco queda de la influencia de Stoker o Le Fanu en esta saga, en la que podemos ver vampiros tan integrados en la sociedad —estadounidense— que incluso se vuelven «vegetarianos» (se alimentan más de animales que de humanos… y suponemos que van a un gimnasio de ultratumba, a hacer abdominales… también de ultratumba). Aunque la idea de alimentarse de animales ya la aplicó Rice en la exitosa Entrevista con el vampiro (con Louis, encarnado por Brad Pitt en la pantalla). De hecho, la historia de vampiros que van al instituto tampoco es original, ya la había aplicado Lisa J. Smith en The vampire diaries. Y como era de esperar, siempre hay espacio para unos cuantos clichés chupasangriles, como los superpoderes: telepatía, fuerza sobrehumana…



-Cómeme...
-No me lo digas dos veces...


Sin embargo, Meyer se esmera en trabajar la parte romántica más que la vampiresca, con lo cual pergeña un tipo de obra en la que lo importante no es asustar al lector, sino enamorarlo con unos estereotipos prestados de un género que, a primera vista, poco tienen que ver con el romanticismo, y hacer que se identifique con los protagonistas, permitirle soñar con romances aparentemente imposibles.
¿Pero entonces, si utiliza tantos clichés y recurre a planteamientos utilizados anteriormente, cómo es que sus libros se han convertido en verdaderos best-sellers?

Quizá, una de las claves de su éxito la podamos hallar en que utiliza un estilo sencillo, con el predominio del diálogo, y en general, de una narrativa muy visual, un recurso que aún funciona muy bien.

Nos dejamos en el tintero a muchos autores del género, como Richelle Mead, autora de la serie Vampire academy —que gira en torno a una institución en la que se educa a jóvenes vampiros, como Hogwarts en Harry Potter, salvando las distancias—. Se puede decir mucho más de este tipo de historias pero, aunque parezca exagerado, hay material como para diseñar una carrera universitaria sólo con el tema.


Bien, es tu turno. Si tuvieras que crear un vampiro, ¿cómo lo diseñarías? ¿Clásico y monstruoso?, ¿metrosexual e integrado en la sociedad?, ¿vampiro hipster, tal vez?

¿Y cuáles serían sus atributos y sus puntos débiles? ¿Lo dotarías de telepatía y fuerza sobrehumana?, ¿sería enamoradizo, o sádico y brutal?, ¿cómo reaccionaría ante un crucifijo y una hostia consagrada (o ante una media luna, una estrella de David, una estatua de Buda, o de Visnú…)?

Sabemos que sois muchos los aficionados a este tipo lectura, que puede generar debates interminables, así que no dudéis en dejar vuestros comentarios, puntualizaciones, sugerencias... 



Por:  @NLutefisk


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